






Desterrada del amor, sumergida en su lecho de sombras, se agita Doña Juana, la reina, la extraña, la doliente, la abandonada, la cautiva. Dicen que está loca y que pronto va a morir. Hasta su abismo de humanidad quebrantada llega Teresa,la monja, la de Ávila, la perseguidora de Dios, la portadora de claridades.
La luz desafía a las tinieblas. La oscuridad resiste. Estalla la guerra en las almas.
En la contienda, el presente de Juana se quiebra por las grietas oscuras de viejas heridas resistentes a olvidos y perdones. Su historia se fragmenta en esquirlas de memoria, furias, amores,derrotas, miedos, sueños y traiciones.
Frente al corazón desasosegado y contra todos los desalientos,la terca luz ahonda su estrategia.
Adriana Genta.
SOBRE LA OBRA Y LA PUESTA EN ESCENA.
La degeneración física y mental de la reina alcanza tintes dramáticos.
El padre Borja, ante su imposibilidad para poner en paz con Dios el alma de "la loca", hace traer a Tordesillas a una afable monja a la que se le atribuye cierto don de palabra, piedad y capacidad de entendimiento: Teresa de Ávila. Surge el encuentro de dos mujeres apasionadas. Siendo distinto el objeto de pasión, es un mismo sentimiento el que las une. Las dos mujeres se enfrentan a un muro, insalvable desde la cordura y la razón. La increíble vida de Juana y sus cuarenta años de encierro marcan profundamente a la religiosa. La Dama, esa otra mujer que no existe, que no es sino Juana destilada, esencia, reflejo y memoria de una vida que ya se agota, es en si misma el espacio de la memoria, el tiempo del remordimiento y también el del perdón. Tan intangible como los delirios de Juana o las visiones de Teresa, y a la vez tan verdadera.